domingo, 6 de enero de 2019

Camino


21:00

Ahí parado, con los brazos colgando, los párpados medio abiertos casi por inercia, la mirada perdida, entornados los ojos por el humo de un cigarro triste que se consume pegado a tus labios.
No sabes a dónde te diriges pero tus pies se mueven, estímulo constante, costumbres adquiridas. Miras a tu alrededor y te preguntas dónde está el sol que te prometieron. Decides salir del agujero y te encuentras con el frío y el hielo, con hojas cayendo de árboles decrépitos.
Pasas frente a los museos y las fuentes que decoran tu amada ciudad y te detienes un instante a contemplar, a escuchar el murmullo del agua que derrama por la boca un siniestro angelote de piedra. Te mira con ojos ciegos de cemento y una siniestra sonrisa.

Al final del paseo te parece ver una figura familiar, un destino anhelado. Comienzan a sudarte las manos, hiperventilas, tiemblas, sientes que se para un instante tu corazón. La figura se hace más nítida, vas distinguiendo los contornos.

Sin apenas percatarte, empiezas a caminar más deprisa, una corriente que te arrastra irremediablemente hacia esa dirección. Estás llegando y apenas puedes creer que siga ahí. Te estaba esperando, la casualidad o quizá el destino te han llevado hasta allí.

Y de pronto, tu día cobra sentido, la mañana se colorea con el azul celeste del cielo porque las nubes se han ido cansadas de que las ignores. Ahora los árboles son frondosos, las fuentes son hermosas y el arrogante angelote se convierte en un aliado.

Aquél puesto de libros antiguos de segunda mano sigue abierto.

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