domingo, 20 de enero de 2019

A Tiempo



19:33

Se despedían con un último beso a los pies de aquél andén medio vacío. El viejo tren tomaba aire y se preparaba para un viaje entre las heladas montañas de aquella región.

Ella, pañuelo en mano, se secaba dos lágrimas tímidas que apenas se distinguían en sus etéreas mejillas. Él, intentando no rehuir su mirada y al mismo tiempo luchando con el dolor de dejarla ir una vez más.

La joven, frágil en apariencia, sostenía firme aquellos ojos esquivos intentando decir lo que su corazón albergaba. El silbido del tren les recordó a ambos que la despedida no sería eterna, que aquellos preciosos minutos serían cruciales, que aquél momento no se helaría en la nieve de la ciudad a la que daban la espalda.

“No nos robarán este momento”, pensó el joven.

La tomó en sus brazos, se abrazaron como si todos los instantes vividos anteriormente hubiesen sido un ensayo del resto de su vida. Se abrazaron y sin quererlo prendieron cada hoguera que habían intentado mantener en calma.

Justo en el momento en que el tren comenzaba su lúgubre marcha, ella saltó de nuevo al andén con la fuerza de quien deja atrás todo lo que un día fue.

Me quedo

Imagen: Gare Saint Lazare, 1877, Claude Monet

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