Arráncame el alma con una página en blanco como solías hacer
en los buenos tiempos.
Agita tus libros delante de mis narices, enséñame aquellas
letras que se grababan a fuego en mi cabeza y en mi corazón. Es tu legado, tu
memoria, tu saber. Son estas páginas que hoy amo y cuido como sangre de mi
sangre, las que me dan la fuerza y el vigor para continuar tu legado.
Tus ansias de saber no quedarán abandonadas pues perseguiré
cada nueva letra como si la vida me fuera en ello. Te dedico cada una de las
palabras que escribo, cada idea nueva que surge de la hoja caída o del rocío de
la mañana, o de la sonrisa de aquella vieja a la que di una moneda y pareció
recibir un reino entero.
En cada uno de los pasos que doy te encuentro enseñándome
algo nuevo, una palabra, una expresión, una costumbre de algún lugar remoto, un
nuevo libro que me emociona.
Aun ahora que posees el conocimiento infinito y has
descubierto las razones de todo, no sé si podrás imaginar cuánto te extraño y
cuánto te quiero. Pero al fin comienzo a ser capaz de recordarte claramente, de
recordar tu rostro limpio, despejado, tu barba bien recortada, perfumado y bien
vestido, con tu aire de caballero y tu eterna media sonrisa.
Hoy me siento con fuerzas de recordarte así y no empañar el
recuerdo con lágrimas. Hoy siento el ánimo de ordenar de nuevo todos tus libros,
aquellos de los que me he apropiado pero siempre serán tuyos porque aún
encuentro trozos de papel con tus pensamientos escritos, algún garabato y poemas
improvisados.
Hoy miro esta habitación y te veo. Me sonríes y asientes
aprobador a este desorden ordenado que tanto conoces. Me tiendes tu mano aunque
no puedas tocarme, y me pides que continúe, y yo continúo, porque es la única
manera que tengo de poder tocarte; tus libros, tu collar y una pequeña cajita
de cenizas.