miércoles, 13 de febrero de 2019

Madre



17:22

Se te rompe la vida. Y dejas de respirar, dejas de sentir, de caminar, de vivir. Le diste la vida y se fue. No consiguió vencer la batalla. Se fue porque había un propósito para él, porque era el mejor, porque aprendió todo lo que debía aprender y ahora es momento de que nos enseñe a nosotros. De que nos enseñe a vivir sin él.

Pero se te rompió la vida a trozos. Y dejaste de vivir. Todo te importa menos que nada porque nada es un concepto creado. No hay conceptos para ti. No hay nada ni nadie. Nada es lo suficientemente grave o triste. Nada hay peor de lo que hay en tu corazón hecho trizas.

Entraste en la bruma para no salir jamás. De forma inesperada te convertiste en caminante sin alma, sin razón. Ciega a cualquier hecho externo, sola en tu dolor y el dolor de los que te rodean, simplemente no es comparable. Estableciste una escala férrea de desesperanza, un refugio tenaz en el que reina la tristeza y el egoísmo involuntario.

Tantos años luchaste por él, tantas lágrimas derramaste paralelas a las suyas, tantos golpes resististe para evitar los que eran para él. Tantas plegarias que creías desoídas. Tanta sangre derramada. La lucha de toda una vida. Y una victoria a medias que finalmente llegó. Y que terminó.

Acaso sigues amando al resto. Es probable. Pero el amor también ha cambiado, se ha transformado en la obstinada convicción de que tu vida está acabada y el amor es una limosna. Los demás ya no podemos salvarte porque ya moriste.

Entretanto, el resto de tu mundo sigue girando. Los que quedamos aquí, medio muertos también pero viviendo por la inercia de lo cotidiano, nos movemos ante ti, te hablamos, intentamos hacerte partícipe de la vida. Tal vez un día de estos consigas sentir. Un rayo de sol inesperado en el día más oscuro.

O tal vez no.

viernes, 8 de febrero de 2019

Detenerse un segundo



17:30

Hay una reflexión obligatoria que debes hacer. Debes detenerte a mirar dónde pones los pies. Es necesario que no pises las flores que decoran los bordes del camino. Resulta imprescindible que, de vez en cuando, recojas algunas de ellas y admires la belleza de lo simple. Cuando camines, respirando el aire puro y real de estas montañas que te rodean, da gracias a aquello que prefieras. Pero se siempre agradecido. Cree en el camino que llevas, confía en la naturaleza que te acompaña, lucha con las dudas que te asaltan al anochecer, cuando no encuentras un refugio contra el frío.

¿Necesitas una certeza? Mira dentro de ti. Escucha los latidos que estallan en tu pecho. Se consciente de tu libertad, de los pasos que te llevan hacia lugares desconocidos. Ama cada acto que lleves a cabo. Pon tu alma en cada palabra que escribes en esos cuadernos arrugados, ponla en las miradas silenciosas, regala una caricia a los animales que corren libres, salvajes, a los que te gusta contemplar hasta derramar lágrimas de felicidad.

Valora aquello que te acompaña y no te abandona, porque eres único y merecedor de ello. Concede tu corazón a cada pequeño detalle. Siéntate y conversa con el viejo que te mira desde las puertas de su hogar.

Y después, continúa caminando.

Más adelante quizás conocerás a otro viajero casual que recorre distancias imprecisas. Un alma afín tal vez con quien conversar acerca de los pasos que habéis dado. Quién sabe si os habréis cruzado en algún punto de vuestro viaje. Casualidades, hechos eventuales que os hacen pensar que no estabais solos en el camino incierto.

viernes, 1 de febrero de 2019

A ti



13:21

Tú que ansías la libertad. Tú que te aferras a las páginas de tus viejos libros, a la mina de tus lápices mordidos en los extremos. De la vieja escuela, de papel y tinta, de pluma y borrones, de volver a comenzar, de arrugar cuartillas garabateadas en tus arrebatos de inspiración o desesperación.

A ti te hablo. A quien escudriña el rostro de las musas a la espera de la palabra que hará de sus anhelos los sueños más hermosos. En ocasiones esperas un milagro, una aparición que te haga estremecer y al mismo tiempo derramar lágrimas de felicidad. Un consejo tardío que puede llegar. Una palabra de aliento en el momento justo.

Un día más has preparado la mesa y te sientas como anfitrión de una comida frugal que apenas te mantiene en pie. Pero eso no te importa. Te hablo a ti, que rechazas con un gesto el vino que te presentan aquellos que te juzgan con la misma facilidad con la que el cuervo se posa en el cuerpo inerte del desdichado.

Al mismo tiempo, le hablo a todos aquellos que ansían llegar a su destino. Al lugar donde nunca serán nadie, pero serán libres. Y con la libertad como bandera, gobernarán sus propias vidas. Y amarán, conocerán, aprenderán y perderán, como el resto.

Afila tus lápices, reserva tus hojas en blanco. Llena tus pulmones. Y sigue caminando.