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Se te rompe la vida. Y dejas de respirar, dejas de sentir, de caminar, de vivir. Le diste la vida y se fue. No consiguió vencer la batalla. Se fue porque había un propósito para él, porque era el mejor, porque aprendió todo lo que debía aprender y ahora es momento de que nos enseñe a nosotros. De que nos enseñe a vivir sin él.
Pero se te rompió la vida a trozos. Y dejaste de vivir. Todo te importa menos que nada porque nada es un concepto creado. No hay conceptos para ti. No hay nada ni nadie. Nada es lo suficientemente grave o triste. Nada hay peor de lo que hay en tu corazón hecho trizas.
Entraste en la bruma para no salir jamás. De forma inesperada te convertiste en caminante sin alma, sin razón. Ciega a cualquier hecho externo, sola en tu dolor y el dolor de los que te rodean, simplemente no es comparable. Estableciste una escala férrea de desesperanza, un refugio tenaz en el que reina la tristeza y el egoísmo involuntario.
Tantos años luchaste por él, tantas lágrimas derramaste paralelas a las suyas, tantos golpes resististe para evitar los que eran para él. Tantas plegarias que creías desoídas. Tanta sangre derramada. La lucha de toda una vida. Y una victoria a medias que finalmente llegó. Y que terminó.
Acaso sigues amando al resto. Es probable. Pero el amor también ha cambiado, se ha transformado en la obstinada convicción de que tu vida está acabada y el amor es una limosna. Los demás ya no podemos salvarte porque ya moriste.
Entretanto, el resto de tu mundo sigue girando. Los que quedamos aquí, medio muertos también pero viviendo por la inercia de lo cotidiano, nos movemos ante ti, te hablamos, intentamos hacerte partícipe de la vida. Tal vez un día de estos consigas sentir. Un rayo de sol inesperado en el día más oscuro.
O tal vez no.
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