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Tú que ansías la libertad. Tú que te aferras a las páginas de tus viejos libros, a la mina de tus lápices mordidos en los extremos. De la vieja escuela, de papel y tinta, de pluma y borrones, de volver a comenzar, de arrugar cuartillas garabateadas en tus arrebatos de inspiración o desesperación.
A ti te hablo. A quien escudriña el rostro de las musas a la espera de la palabra que hará de sus anhelos los sueños más hermosos. En ocasiones esperas un milagro, una aparición que te haga estremecer y al mismo tiempo derramar lágrimas de felicidad. Un consejo tardío que puede llegar. Una palabra de aliento en el momento justo.
Un día más has preparado la mesa y te sientas como anfitrión de una comida frugal que apenas te mantiene en pie. Pero eso no te importa. Te hablo a ti, que rechazas con un gesto el vino que te presentan aquellos que te juzgan con la misma facilidad con la que el cuervo se posa en el cuerpo inerte del desdichado.
Al mismo tiempo, le hablo a todos aquellos que ansían llegar a su destino. Al lugar donde nunca serán nadie, pero serán libres. Y con la libertad como bandera, gobernarán sus propias vidas. Y amarán, conocerán, aprenderán y perderán, como el resto.
Afila tus lápices, reserva tus hojas en blanco. Llena tus pulmones. Y sigue caminando.
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