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Ruego la fuerza precisa para ahuyentar este fantasma que atemoriza mis noches.
Me seduce con su juego de tentaciones y teje un laberinto de hilos solo para mi tormento.
Prendedme y llevadme a la torre más alta. Por voluntad propia me someteré a ese castigo, leve caricia comparado con la tortura de esas veladas eternas a su merced.
Pero en la mañana, en esa fría mañana de invierno, yo desfalleceré. Mis fuerzas, ya débiles en su naturaleza, flaquearán al fin, y caeré.
Con placer me abandonaré al dulce martirio de sus besos. No habrá nada ya que ame en este mundo material y egoísta.
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