viernes, 31 de enero de 2020

Biblioteca

10:41



Arráncame el alma con una página en blanco como solías hacer en los buenos tiempos.

Agita tus libros delante de mis narices, enséñame aquellas letras que se grababan a fuego en mi cabeza y en mi corazón. Es tu legado, tu memoria, tu saber. Son estas páginas que hoy amo y cuido como sangre de mi sangre, las que me dan la fuerza y el vigor para continuar tu legado.

Tus ansias de saber no quedarán abandonadas pues perseguiré cada nueva letra como si la vida me fuera en ello. Te dedico cada una de las palabras que escribo, cada idea nueva que surge de la hoja caída o del rocío de la mañana, o de la sonrisa de aquella vieja a la que di una moneda y pareció recibir un reino entero.

En cada uno de los pasos que doy te encuentro enseñándome algo nuevo, una palabra, una expresión, una costumbre de algún lugar remoto, un nuevo libro que me emociona.

Aun ahora que posees el conocimiento infinito y has descubierto las razones de todo, no sé si podrás imaginar cuánto te extraño y cuánto te quiero. Pero al fin comienzo a ser capaz de recordarte claramente, de recordar tu rostro limpio, despejado, tu barba bien recortada, perfumado y bien vestido, con tu aire de caballero y tu eterna media sonrisa.

Hoy me siento con fuerzas de recordarte así y no empañar el recuerdo con lágrimas. Hoy siento el ánimo de ordenar de nuevo todos tus libros, aquellos de los que me he apropiado pero siempre serán tuyos porque aún encuentro trozos de papel con tus pensamientos escritos, algún garabato y poemas improvisados.

Hoy miro esta habitación y te veo. Me sonríes y asientes aprobador a este desorden ordenado que tanto conoces. Me tiendes tu mano aunque no puedas tocarme, y me pides que continúe, y yo continúo, porque es la única manera que tengo de poder tocarte; tus libros, tu collar y una pequeña cajita de cenizas.

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